Muere Josep Lluís Núñez, expresidente del Barça

Algunas figuras especialmente poderosas han sido caricaturizadas de manera tan entrañable con el tiempo que a veces se ha desvirtuado su verdadera dimensión; hablaríamos por ejemplo de Josep Lluís Núñez, fallecido este lunes a los 87 años en Barcelona tras semanas ingresado en un hospital. Aquel temible constructor al que no se resistía ninguna esquina de Barcelona ni edificios emblemáticos como la Casa Trinxet, presidente plenipotenciario de un Barça triomfant que según dijo él mismo daba nombre a la ciudad, enemistado con el omnipresente presidente catalán Jordi Pujol, se convirtió con la edad en un personaje cariñoso, protagonista de los mejores programas de humor después de ser imitado por profesionales (Alfonso Arús, Manuel Fuentes, Carlos Latre), por aficionados, por padres e hijos e incluso por sí mismo, como se descubrió en una llamada de Catalunya Ràdio en 2015. Núñez descolgó el teléfono y, después de ser reconocido por el periodista, se hizo pasar por el portero de la finca para negarse y cortar la comunicación: Núñez no era Núñez.

Núñez fue un constructor ambicioso que buscó en el fútbol el reconocimiento social que no le daba el negocio de los pisos en Barcelona. Algunas informaciones aseguran que fue socio del Espanyol hasta que se presentó a los primeros comicios celebrados por sufragio universal en el Barça en 1978. Utilizó todos los recursos y las artes más diversas, también el apoyo de Johan Cruyff y Carles Rexach, para alcanzar el palco del Camp Nou después de derrotar a Ferran Ariño y Nicolau Casaus, representante del barcelonismo histórico, presidente de la Peña Solera. Núñez pactó después con Casaus y, junto con el hotelero Joan Gaspart, rompieron el porrón que a su juicio se iba pasando la sociedad civil catalana en la presidencia del FC Barcelona. Los tres formaron una sociedad indivisible durante más de 20 años: Casaus controlaba la parte social, Gaspart dirigía la deportiva y Núñez, desconfiado en las designaciones arbitrales, quiso mandar hasta en la Federación Española de Fútbol.

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El desafío de Núñez a la administración fue mayúsculo en su intento de capitalizar el fútbol con una mejor distribución de los ingresos, sobre todo por los derechos de televisión, y dar vuelo al Barça después de guerrear con el Madrid. La carga simbólica, manifiesta en la directiva anterior de Agustí Montal, perdió peso respecto al interés económico, motor entonces del Barça. No solo saneó las cuentas sino que hizo sentir al socio dueño del club y dimensionó el patrimonio con la remodelación del Camp Nou y el Palau y la edificación del Miniestadi, el Museu y La Masia. El éxito social –la entidad superó los 100.000 socios-, económico –los ejercicios se saldaban con superávit- y empresarial, en tanto que máximo representante del negocio de la construcción que sustituía al del textil, convertido el Barça en la primera institución polideportiva, contrastó con las penurias deportivas: pasó de fichar a Félix y Tarrés a contratar a Maradona y Schuster, y sentó a Muller, Rifé y hasta a Helenio Herrera en el banquillo para entregarse después a Lattek o Menotti. La pérdida de la final de la Copa de Europa en Sevilla en 1986 expresa el mayor de sus fracasos después de lograr una Liga y cuatro Recopas, la primera presidida por el despliegue de la hinchada (40.000 aficionados) en Basilea 79.

El Motín del Hesperia

Los jugadores pidieron incluso su dimisión en el denominado Motín del Hesperia en 1988. La plantilla se sintió engañada por la junta por los derechos de imagen y los pagos a Hacienda y puso a Núñez contra las cuerdas hasta que encontró auxilio nuevamente en Cruyff. Los nacionalistas, representados por Sixte Cambra y Josep Maria Fusté, aliado con Marta Ferrusola, esposa de Jordi Pujol y responsable del sector deportivo en Convergència, perdieron sus opciones ante el tándem Núñez-Cruyff. La capacidad del presidente para generar ingresos propició la remodelación exhaustiva de la plantilla que exigía el entrenador procedente del Ajax. A partir de la Copa ganada al Madrid en Valencia en 1990, justo en el momento más crítico del cruyffismo, despegó el Dream Team, ganador de cuatro Ligas consecutivas, tres en la última jornada, y de la primera Copa de Europa del Barça, en Wembley en 1992.

El triunfo en Londres fue tan apoteósico como dolorosa resultó la derrota en Atenas en 1994. La alianza de Núñez y Cruyff se deterioró sin remedio, conscientes ambos de que era una asociación tan interesada como antagónica, y dejó de tener sentido a partir de 1996. El presidente cuestionó la política de fichajes del entrenador, al que llegó a comparar con la portera de su casa, y se entregó a Louis Van Gaal, un técnico holandés exitoso con el Ajax y que rivalizaba con Cruyff. Antes de que se diera el cambio, sin embargo, hubo una temporada de interinidad que expresó el pulso entre cruyffistas y nuñistas y dejó en la intemperie a Bobby Robson y Ronaldo. El brasileño abandonó el club después de un año pletórico a pesar de no ganar la Liga. El presidente se negó a atender las peticiones de los representantes del jugador en una decisión que algunos sectores interpretaron como la renuncia del Barça a competir en la incipiente industria del fútbol que después liderarían los galácticos de Florentino Pérez.

Pérdida de apoyo

Núñez ni siquiera encontró sosiego con la celebración del centenario del club en 1999. A pesar del excelente balance de las secciones, aún a costa de competir con clubes de la propia Cataluña, las dificultades eran crecientes tanto para la estabilidad deportiva como la financiera y la institucional después que no progresaran proyectos como el de Barça-2000. La maquinaria, dirigida por el gerente Antón Parera, dejó de ser efectiva: aumentaba la crítica periodística, reducida al inicio del mandato después que purgaran figuras como las de Morera Falcó y Alex J. Botines; la masa social se fracturaba y frente a los grupos radicales de apoyo al consejo aparecieran colectivos opositores como el del Elefant Blau, que sometió al presidente a una moción de censura; y la junta ya no era aquel mini parlamento formado por directivos de distinto signo político e ideado por Núñez para blindarse ante el nacionalismo de CiU.

A Núñez ya no le alcanzaba con el apoyo de los peñistas y de sus 25.000 socios fieles –“al socio no se le puede engañar”, repetía- para gobernar el club y dimitió en 2000. “A Jesucristo también le crucificaron”, afirmó después de 22 años en el Camp Nou. Austero y emotivo, su figura de presidente continuó siendo una fuente de inspiración para los programas de entretenimiento mientras su condición de empresario sufría un duro revés en 2015 por la condena de dos años y dos meses de cárcel por sobornar a los inspectores de Hacienda.

Habitualmente atormentado, dramático incluso en la victoria, Núñez nunca comprendió la sentencia, convencido de que había obrado como correspondía, igual que hizo en su día con Jordi Pujol cuando le pidió que le ayudara en su contencioso con la prensa: “Si tú aprietas un botón, dejarán de criticarme en TV3”. Entendía Núñez que para triunfar en la vida todo era cuestión de saber tocar el botón oportuno como cuando entregó el fútbol a Cruyff. Una visión que da para una nueva caricatura y también para aumentar la leyenda sobre quién era de verdad Núñez (Baracaldo, 1931-Barcelona, 2018), un empresario construido a sí mismo a partir de la empresa del padre de su esposa Maria Lluisa y que se eternizó tanto como presidente que se le llegó a confundir con el dueño del Barça.

Con información de “El país”

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